“Escribir es una forma de venganza”

Dulce María Ramos realizó esta entrevista publicada por EL UNIVERSAL el 12 de diciembre de 2016.

El escritor venezolano Juan Carlos Méndez Guédez, radicado en España desde hace veinte años, visita estos días su tierra natal no para promocionar sus libros. Esta vez vino a ver a su madre Aura, además de cumplir un anhelo que desde hace meses estuvo rondado por su mente: regresar a la calle Maury de Catia, lugar donde transcurrió parte de su infancia, y conocer el bar “El torero”, espacio que se ha convertido en un emblema de Caracas por su peculiar decoración con objetos antiguos.

Una tarde lluviosa y los ojos del fallecido presidente Chávez pintados en un edificio, reciben a Méndez Guédez en la Maury, un sitio histórico de la zona porque aún se conservan algunas casas de los años cincuenta. Ve la ventana y la puerta entreabierta de la casa número 7 que perteneció a su madrina Carmen. La tristeza cubre su rostro por no poder entrar a su antiguo hogar: “Me dan ganas de llorar al ver el piso de la casa y volver a pisar el suelo donde crecí, pero hay que domesticar las emociones”. El autor voltea y recuerda que al frente, donde hoy está la estructura de Misión Vivienda, había una textilera; de niño pensaba con inocencia que cada tarde la sirena sonaba para avisarle el regreso de su madre. Aún observa que el colegio sigue ahí en la casa número 6, el telégrafo ya no existe y que la casa número 10, donde vivía un odontólogo, ahora se encuentra “El torero”: “En la número 4 vivía un psicólogo, siempre me prestaba su telescopio para mirar el 23 de Enero”.

Ya en el bar, Méndez Guédez se sienta a tomar una cerveza, trata de reconstruir ahí, de alguna manera, la casa de su madrina, reconocer en los objetos colgados algo familiar mientras suenan boleros. Se detiene en la pared llena de máquinas de escribir antiguas: “Yo tengo una igual, voy a buscarla para llevármela a España”.

-Nació y se crió en Barquisimeto. Su juventud transcurrió en Los Jardines del Valle en Caracas, donde aún vive su madre. ¿Por qué la calle Maury es tan importante para usted?
-Porque es el lugar donde aprendí a leer, y eso es como un despertar a la vida cuando rompes una relación un poco inocente con el mundo y descubres unos signos para explicar lo que estás viendo. Por eso, cada tanto, mis historias regresan a esta calle: en mi libro La noche y yo, que acaba de salir en España; en Árbol de luna, un ensayo que me publicaron en Chile sobre cómo empecé a escribir. Es un lugar sagrado para mí, aquí por primera vez me vinculé con las letras y las palabras. También recuerdo un vecino canario que siempre llevaba un lápiz en la oreja y me apasionó la idea de crecer para yo también llevarlo, así que eso fue un antecedente de que me iba a gustar la escritura.

Merengue y Neruda
Desilusionado porque en “El torero” no vendían nada de comida, Méndez Guédez toma el metro desde Plaza Sucre hasta la estación Altamira para rememorar las pizzas que comía en los años ochenta con sus colegas escritores en “El León”, después que salía de su jornada laboral en la Editorial Monte Ávila. El escritor pide la internacional con una ración de tequeños y un jugo de fresa, suena Vasos vacíos de Celia Cruz con Los Fabulosos Cadillacs: “Esa canción me gusta. Mira allá (señala) en esa mesa nos sentábamos Rubi Guerra, Israel Centeno, Slavko Zupcic y Ricardo Azuaje a soñar con nuestros primeros libros”.

Corrían los ochenta, en esa época Méndez Guédez también soñaba con ser cantante de merengue, ritmo que formó parte de la banda sonora de sus últimos años en Venezuela y su nueva vida en España. Ahora los merengues regresan para acompañarlo en la novela que acaba de publicar con Madera Fina: Veinte merengues de amor y una bachata desesperada, una historia ambientada en una fiesta donde su protagonista, Neftalí, tendrá que resolver su triángulo amoroso y sacarse la sombra de Pablo Neruda para siempre.

-¿Usted como Neftalí, también se decepcionó de Neruda?
-A los doce años lo admiraba muchísimo. Ya en la adolescencia empecé a distanciarme de su poesía y cuando supe lo de su hija fue una decepción humana fundamental. Estas personas, como Neruda, que quieren salvar a la humanidad, por lo general son unos canallas con las personas que tienen más cerca.

-Neftalí sufre el abandono de su padre. Usted también vivió ese conflicto, además de ser una temática recurrente en sus obras.
-En cierto sentido, estoy muy agradecido con ese abandono porque me ha dado muchísimo tema literario. En mis novelas, como Arena negra, en la mayoría de mis cuentos y en próximos proyectos se repite la historia del abandono paterno. La batalla de la madurez consiste en vencer la figura de tus padres, cuando alguna de esas figuras está totalmente ausente es una batalla complicada, nunca sabes cómo ser adulto, ser maduro. Yo tuve que inventarme todas mis referencias, todo lo bueno y lo malo nace en mí mismo, es como si terminaras convirtiéndote en tu propio padre.

-¿Por qué decide usar el apellido de su padre en su carrera como escritor?
-La primera vez que envié un texto, para la revista Imagen, lo firmé sin el apellido paterno. Cuando el texto se publicó aparecieron mis dos apellidos, no sé si pensaron que había sido un error mío. Yo lo vi y después pensé: “Yo soy eso, no puedes mutilar eso de ti”. Hoy en día me gusta mi nombre, fue un guiño de la vida.

-¿Su padre conoce su obra?
-No es una persona con la que tenga contacto. Siento que cada cosa que escribo es una forma de vengarme; es algo que nunca va a dejarte en paz y quieres sentirte fuerte, en mi caso es escribir y ser feliz escribiendo.

-Siempre se critica el uso de elementos de la cultura pop en la literatura. En su caso incluye el merengue.
-Desde Manuel Puig en adelante, en la literatura en español, lo pop es perfectamente asumible dentro de la narrativa. Manuel Puig nos enseñó a perderle el miedo a incorporar ese tipo de materiales innobles. Santiago Roncagliolo alguna vez dijo en la revista Cuadernos hispanoamericanos, que eso que se consideraba basura se puede incorporar a una obra y transformarlo en otra materia distinta. Entonces si algo pop se incorpora correctamente, se convierte en una inspiración, en una explosión creativa, y genera un buen texto literario, no existe ningún tipo de problema.

“Yo soy una persona de los Jardines del Valle, que se montó en muchísimos autobuses y esos merengues me acompañaron mucho” –prosigue Méndez Guédez-. “La literatura es autenticidad, para mí es importante contar lo que yo soy, no puedo contar historias neoyorquinas o historias de los niños del Este de Caracas. En el libro hay referencias al merengue, se compara con el nacimiento del mundo, con hacer el amor, el movimiento de la Tierra, aparecen referencias de las canciones, pero un lector que no haya conocido esas canciones, que no la haya bailado o incluso que no le guste, perfectamente va a descifrar las historias”.

-Neftalí huye de un poema. ¿Usted huye de alguno?
-De los que escribí a los 17 años y el poema Padre de Leonardo Padrón.

-Usted ha publicado este año cuatro libros, a eso debemos sumarle que pronto Madera Fina presentará sus dos últimas novelas editadas en España, y en Francia saldrá Los maletines. ¿Publicar tanto, en su caso, no sería contraproducente?
-Cuando era joven, en la literatura venezolana se reivindicaba al autor que publicaba pocos libros y tenía un gran silencio interior, pero era un escritor que vivía metido en bares; era la generación de la República del Este, cuyos miembros escribieron algún libro y luego se entregaron al whisky. Mucho talento, pero muy indolentes. Yo escribo todos los días, me acuesto muy tarde escribiendo, voy muy poco a fiestas, hago poca vida social de escritor, no saludo ni presento mis respetos a editores, gestores culturales, escritores famosos, periodistas. Si eres escritor debes escribir. También he pasado muchos años sin publicar un libro, bien sea porque no tenga ninguno listo o porque los editores no lo han querido.

-¿Le han rechazo muchos manuscritos?
-Muchos. Mi primer rechazo fue un libro que escribí a los 24 o 25 años y lo mandé a Monte Ávila. Ese primer rechazo lo encontré hace algunos años y lo comencé a leer, se llamaba Texto infante para Pedro. Era un horror, estoy agradecido a todos aquellos que impidieron que se publicara, de hecho mi intención era rescatar algo para reescribirlo y no, era un texto inutilizable, el rechazo te ayuda. El escritor debe estar dispuesto al rechazo, también a la aceptación, la euforia y la alegría que le dan los lectores.

Finalmente, ¿cómo es la ventana por donde mira Juan Carlos Méndez Guédez?
-Hoy que estuvimos en la Maury, como la ventana de mi infancia. Una ventana entreabierta, atravesada por una pequeña línea de luz que proyecta en la pared la imagen de la calle Maury al revés.

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