Cuento [3-a] de Historias del edificio (1994)

Historias del edificio fue la primera publicación en Caracas de Juan Carlos Méndez Guédez, por la editorial Guaraira Repano en 1994. Está compuesto por 18 cuentos que son, a la vez, radiografías de 18 apartamentos y la alegría, lucidez, nostalgia o violencia de quienes allí habitan: “El narrador hace labor de fisgón, como todo narrador que se respete, como éste que entra y sale de los apartamentos de un edificio y husmea en la vida de los habitantes (…) Son trozos de existencia en medio de una ciudad caótica, demencial pero también afectiva. Es la ciudad de los hechos de febrero de 1989, la ciudad de todos los días, la ciudad de pequeñas conspiraciones familiares. La ciudad policial. La ciudad delictiva. La ciudad que oculta sus amores o los ofrece abiertamente”, escribió Alberto Hernández en Letralia.

3-a

a Jonhnysquel Delón

Sé que va a estar,

no quiero mirar.

Témpano

En estas últimas semanas evitas el paso por esa calle. Una turbia inquietud vibra sobre tu ropa cada vez que atraviesas esa parte de la ciudad.

Cuando no te queda otra opción pisas el acelerador a fondo y atraviesas la fragancia dulzona que respira la panadería del lugar, y ni siquiera intentas reconocer las líneas azules del edificio que se encuentra a tu derecha.

David nunca dio razones. Apenas rozó tu cabellera, se aflojó un poco el reloj que le regalaste un cumpleaños y sin soltar el cigarro te dijo que deseaba distanciarse.

Lo asumiste con los gestos predecibles. Pero un sabor pastoso recorrió tu boca durante varios días y era como si desde aquel edificio azul repicara el hastío, la ausencia de palabras.

Sin razón aparente, en los ensayos de la obra la voz del director quedaba disminuida por la reiteración de aquellos versos: en el amor un cuerpo se nutre contra otro, que tu distracción repetía, como un simulacro para engañar tu precariedad.

Pensaste entonces que la solución era obviar el paso por ese sitio.

Sólo que hoy es el ensayo general. Un frío sabor a menta circula en la humedad de tu boca. Deseas algún dulce cremoso y no tienes tiempo para comprarlo. El ensayo se inicia en diez minutos.

Sobre el parabrisas de tu carro la ciudad se borra en destellos fugaces y alargados. Intentas acelerar. Imposible. Un camión de refrescos reposa en mitad de la calle sin un caucho.

El único recurso posible es usar otra vía. Tus manos se resisten a girar el volante, debes pasar nuevamente por la calle, pero un vistazo al reloj te impulsa.

Esta vez, por una razón que desconoces, el reflejo del sol sobre el edificio retiene tu atención. El aroma de la panadería se entreteje sobre tu aturdimiento (el dulce cremoso cruza lentamente tu mirada) y revive junto a tus huesos una sorda sensación de derrumbe.

En un momento dado, sientes como si una lluvia lejana se adhiriera a tu cabello. Volteas hacia el edificio y buscas la forma precisa de la ventana de David. Lo distingues como una gruesa sombra que contrasta con el azul acero de la tarde. Luego enfocas mejor. No está solo. Una muchacha se aferra a su cuello y lo besa.

No puedes delimitar los dos o tres segundos cuando tu rostro se aísla de la calle, dispersa su atención y tu mente se desliza en un pasadizo donde lo único visible es un cielo grisáceo, herido por cientos de nervaduras.

Un golpe te reintegra a la forma conocida de la ciudad. El sabor ácido de la sangre empapa tus labios pues tu vehículo se ha incrustado contra una camioneta estacionada.

Permaneces aturdida. Una sorda campana vibra en tus sienes.

Volteas hacia el edificio. Sabes que David escuchó el impacto, el estallido de los vidrios.

Sólo tienes el tiempo justo de observar cómo sus manos (y ese reloj que tiembla en su muñeca) cierran con disgusto la ventana.

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