Cuento [El lazarillo de Borges]

Este cuento todavía no forma parte de ninguno de los libros de cuentos de Juan Carlos Méndez Guédez. Es publicado en este blog como un obsequio del autor para sus lectores. Puedes descargarlo aquí.

Pues sepa Vuestra Merced, ante todas cosas, que se me bautizó mui cristinamente bajo el nombre de Rubbi Pérez en la iglesia mozárabe de Santiago, aunque hasta el día de hoi me llaman Lazarillo de Borges, hijo de Camilo Pérez Trulo i Albertina Cruces, naturales del Barrio chino de la dorada Salamanca que al sol enamorado circunscribe. Mi nascimiento sucediose dentro del Río Tormes, un lunes de agua cuando la ciudad celebraba con vino i decenas de apetitosos hornazos, i cuando a mi madre i a las mujeres como mi madre que vivían de otorgar alivio a estudiantes, sacerdotes  i maridos de vieja data,  se les permitía regresar a Salamanca después de haber vivido fuera della durante la cuaresma para evitar el malévolo pecado quellas producían en los hombres con endiabladas fartes.

Magna madre mía que durante nueve meses hízose pasar por mujer de fermosas e inmensas formas, por gorda apetitosa que predilección fue de un Obispo asentado en Peñaranda de Bracamonte i de cuio nombre no quiero acordarme, i que al verla cada mes engrosando, faziendo carnuras decíale que sus piernas parecíanse a la maravilla del farinato que brillaba en las grandes comidas que celebraban los clérigos. I he aquí que quel día retornaba ella públicamente a la ciudad como mujer de redondas formas que daba el goce i a quien el Obispo bendecía con holgura, solo que al atravesar el Tormes sufrió un espasmo i de sus grandes formas vínole el rugido i en pocos segundos dentre sus piernas como curados jamones salió la criatura llorosa i hambrienta que io soi i que ia era desde el momento en que el río acogióme como su hijo que tan llorando venía.

Luego de allí, madre adelgazose hasta llegar a unas magras carnes por la que el Obispo i muchos de sus amigos que con maravedíes pagaban su apresurado amor, abandonáronla a su suerte, dejáronla en el hambre, que fue la herencia única que dejome ella. I xuro sobre la hostia consagrada, porque io no soi un echacuervo, que no otra cosa tenía para darme o fazerme, porque mi padre huiose de nuestro lado al ver que con pocos meses de edad mis primeras palabras fueron latines espléndidos i que al verme trebejando apenas al caminar escuchome dar misas junto al río i amenazar con fuego i condenación eterna a todos los peces que en quellas aguas navegaban i que no dejábanse pescar para el alivio de nuestras ollas i sartenes. Abandonome mi padre i fuese a las islas Afortunadas i dallí marchose ilegalmente a la Capitanía de Venezuela, lugar donde decían el oro colgaba de los árboles por ser tierra de gracia donde llas aguas marinas feran dulzes como remolachas. I luego muriose mi madre de unas calenturas, pues frente a la Catedral nueva de Salamanca subiose al campanario i siete veces caió hasta que sus huesos se quebraron i llenose de sangre pálida pues tanta era su hambre que por su cuerpo corría agua, pero antes de morir con su cuerpo lleno de fiebres por los golpes, díjome: busca a tu padre, el olvido en que nos tuvo, hijo, cóbraselo caro, i io le dije que sí, porque a los moribundos i a los enamorados siempre la razón debe concedérseles, pero no fui a ningún lado porque buscar a los que escaparon es tarea harto cansada i sólo sirve para los libros como esos que Vuesa merced suele consultar i que io sería incapaz de fazer por mi grosero estilo.

De las hambres padecidas no quisiera dar largo inventario, me cumple decir que io las más veces hacíame el dormido para que el hambre no fijase en mí sus ojos, i dormíame bajo el puente romano, i cuando regresaban estudiantes ebrios o silenciosas monjas de hábitos gruesos, pedíales limosna i si por la labor no estaban, aiudaba sus conciencias i su piedad con un largo cuchillo que tomé prestado en una taberna della calle Compañía. Trájome esto ciertos problemas con las leies i en algún lugar una soga preparose para mi cuello por una monja que en su miedo enterrose siete veces contra mi cuchillo por accidente, por lo que supe debíame marchar pronto i a la espera quedé de ciegos cualesquieras que pasasen por la ciudad para con ellos marcharme lejos i servir a alguno como lazarillo, pero ocurrió en esos días que un mochacho judío llamado Jesús, llegado de tierras santas hoi en infieles manos, comenzose a predicar i facer milagros, i uno de sus milagros preferidos fue devolver la luz a los ciegos con lo que no hubo en leguas i leguas un solo ciego al que servir. Por suerte, al Jesús lo capturaron por órdenes del Obispo una tarde cerca de la Iglesia de San Marcos i lo obligaron a combatir con un toro en la Plaza Maior de Salamanca pues si era milagrero i fablaba con sotileza en Nombre de Dios Nuestro Señor mui bien podría sobrevivir a fiero toro, pero quel Jesús que sí curaba la vista dellas gentes necesitadas i nascidas en ceguera, de toros poco sabía i a pesar de algunas bellas verónicas fechas con su túnica a las cinco en punto de la tarde vimos todos su sangre sobre la arena i acabáronse milagros, aunque todavía hoi una secta de sacrílegos sigue sus enseñanzas i viaja por el mundo predicando su  palabra mientras cuelgan de sus cuellos un toro al que besan como sacra reliquia, aunque ninguno dellos sabe facer milagrerías, mas nombran las del pasado i prometen las del futuro.

Pero sepa Vuesa Merced, que aunque calmada la ciudad por la muerte del falso profeta, una vez apagada la sed de sangre, mui de presto volviose a falar de mí como persona peligrosa por un par de escritos de un brujo profesor de la universidad llamado Torres Villarroel quien predijo cometería io muchos nuevos crímenes por la conjunción de planetas i estellas  que en esos días sucedería, i por ser, según su calumnia, io persona venida de lejos, mui lejos, del otro lado dellos mares, lleno de cuchillos i costumbre de comer cristianos después de iacer con ellos porque venía io del Caribe donde se come a quienes iacen con uno, i por lo que como no podía aclarar io que nacido del propio Tormes era, que mis cuchilladas feran bellas cuchilladas de cristiano viejo i castellano antiguo, marcheme en un burrito algodonado llamado Platero que regalome un atildado señor que desamaiose de alegría al ver mi cuchillo i pedirle io me salvase i me aiudase al escape.

Quiero aclararle a Vuesa Merced, que falso es de toda falsedad, que antes de partir, io cortase la oreja del profesor i brujo Torres Villarroel, i que a partir deso, aquel adinerado enseñante dedicase a pintar girasoles i abandonase la universidad i sus rentables horóscopos i predicciones. Calumnias. Viles calumnias. Sí intentele cortar la oreja, pero aquel mozo era bueno con la espada, i las muchas hambres que por mi vida han pasado me ficieron quedar sub campeón de aquel combate i con ferida sangrante en el hombro escapé xurando venganza que xamás cometer podría.

Llegué por mi pie a Segovia, pues el burrito debime comerlo  por el camino aunque tenía espantoso sabor a papel i tinta; i en Segovia busqué ciegos con quienes trabajar, pero Jesús por allí también había pasado desfaziendo entuertos i faziendo milagros, así que doblado del hambre i sin poder usar mi cuchillo pues con gran sangrado de boca también debí comérmelo cuando el burro i sus huesos acabáronse, pedí limosna a la entrada dellos templos hasta que un fraile de la Merced ofreciome que fuese su sirviente a cambio de unos zapatos como paga, i aceptela i comime los zapatos.

Dicho Fraile gustaba de caminar leguas infinitas, lo que podía fazer con holgura pues conseguía siempre caliente comida, pero para mí, cruzado de hambre ancestral, quellos días fueron tortura sin fin, sobre todo al enterarme de que no tendría nuevos zapatos que devorarme, pues el Fraile atravesaba por mala época a raíz de un incidente con un ser de allende los mares al que paseaba por Toledo, Alcalá de Henares i Burgos, bien sujeto en una jaula, cobrando buenos maravadíes, hasta que un día quella criatura escapose sin dejar nezuno rastro.

Aquel ser enjaulado, decíase jefe de indios en lejanas tierras: llamábase Iaracui, i era un heróico Cacique que fazía morder el polvo a nuestros conquistadores en esas tierras hasta que fue capturado i entregado a mi señor el Fraile de la Merced.

Paseole él por lugares de toda Castilla para que contase, en una mezcla de castellano con lenguas bárbaras, cómo fue derrotado por los valientes conquistadores i cómo devoró a muchos dellos, hasta que en Burgos alguien dijo conocer al Cacique Iaracui, pero bajo el nombre de Juan de Valdés, vecino de Medina del Campo, sin tinturas cobrizas en el cuerpo i con grandes deudas a señores varios, por lo que un día ia no hubo Cacique, i el Fraile huió de la maledicencia i las amenazas de la lei hasta parar en Segovia.

Allí conocilo i allí aiudelo con sus nuevos oficios, pues aunque Fraile, aquel hombre, pequeño, mui mui pequeño por no decir enano i llamado Frocín, poseía poderes para leer las estellas nel cielo i adivinar no el futuro pero si el presente dellas personas vecinas. Valiéndose de estas malas artes fue descubriendo todos los cuernos que sucedíanse en la ciudad, i cada tanto debíalo io acompañar a casa de los cornudos a quienes les daba detalles perfectos de su desgracia mientras decíales que para salvar la honra sólo les quedaba la opción de ahorcarse previa confesión. Muchos dellos lloraban, xuraban venganzas sin fin, pero la maior parte preferían vivir indignos pero latientes, aunque algunos pocos aceptaban el consejo i colgábanse frente a nosotros, momento que el Fraile Frocín aprovechaba para tomar de sus bolsillos i casas: monedas, joias, títulos de propiedades, i embutidos varios con los que iba amasando una incipiente fortuna, pues como él mismo decía, quellos hombres sin honra no necesitaban de los viles esplendores de la riqueza que es tentación i banalidad.

En quellas casa io intentaba procurarme un mendrugo de pan viejo, alguna uña de vaca, cualquier trozo olvidado de rancio queso, pero el Fraile era más presto i sabio que io i nada dejaba a la vista cuando colgaba de la soga cualquiera de quellos desgraciados, por lo que fueron tiempos de hambruna en la que descubrí que del aire también se malvive.

Por esto tomé por costumbre llegar a las casas de los cornudos i cuando los veía templar la soga con la que se salvarían del deshonor, lanzaba mis manos a la primera cebolla que viese antes de que el Fraile tomase confesión i esparciese agua bendita i guardábala en mi ropa mugrienta i tan maloliente que una cebolla en ella perfume de reies era.

Pero angustiábame mi trabajo i soñaba en las noches con hombres de lengua verde asomando entre sus labios, hombres colgantes en sogas que mecíanse al ritmo del viento en el acueducto romano i en tal número que el sol tapaban i llenaban de sombra la ciudad entera.

Deprimido, más por hambre que por tan ingratos sueños, pues a morir todos vinimos, i quien tiene honra es porque bien alimentado fue, escapeme a Medina del Campo i comprendí que si un ciego no existe hai que inventarlo. Por lo que en muchas partes comencé a pedir comida para mi señor, sabio ciego que perdió la vista al quemarla en millones de libros a cuio entendimiento no alcanzaba io,  sabio al que llamé Borges, pues así llamábase un señor ia muerto al que en Salamanca adoraban por la fermosura de los romances que relataba i que gozó toda vía en su existencia plena y total de ojos preciosos de águila; i de quien comencé a contar selectas historias que supuestamente él inventaba en todas las ciudades, historias mías nacidas de mi poca lumbrera i llenas de laberintos, hombres nacidos del sueño de otros hombres, impostores, copistas de libros, mujeres que afrentas vengaban.

No fueme mal, sobre todo al contar las historias de mi ciego, pues la gente más le importaba lo que io contaba que el ciego mesmo, pero noté con el tiempo que esa misma gente pedía más de mí, i por eso comencé a relatar quellos cuentos con música i baile, e inventeme un ritmo llamado merengue en el que io tomaba mui cerca de mi abrazo a las mujeres mui fermosas i mientras contaba los cuentos del ciego iba bailándolas i moviendo las caderas como si el amor estuviésemos faziendo, lo que despertó recelos i envidias de curas i frailes que amenazaron con excomulgarme si no les enseñaba io las artes de tan pecaminoso baile.

Pero la dicha del pobre poco dura i sucediose que en todas las ciudades comenzaron a aparecer lazarillos de Borges, espabilados personajes que afirmaban ser ellos quienes cuidaban al ciego, i ser ellos quienes todavía le leían fermosas historias de libros para que él escribiese las más fermosas suias.  Mis cantares cuentos fueron extendiéndose por toda Castilla i los bailaban sin pudor, como propios, muchos canallas sin que la gente percatase de que si todos hubiésemos sido los lectores del sabio Borges, no habría habido bibliotecas en el mundo suficientes para fazerle lecturas.

Hambreado por tanto farsante que imitarme lograba, soñé una noche que entre chorizos, lomos, haiacas, bodigos, longanizas i asaduras, aparecíaseme la cara del Obispo que a mi madre amó mientras ella engordaba infinito, i que con trémula voz decíame, debo confesarte, la verdad, Lazarillo, tú, tú, tú… eres mi hijo, más aína será para ti vivir tu vida si me buscas i trocar tu duro destino, i entonces el Obispo me ofrendaba sus riquezas sin fin i su mesa bien servida i de olores plena.

Con alegrías en mi cuerpo bailoteando como hormigas desperteme con el firme propósito de retornar a Salamanca para ver si de un sueño profético se trataba, pero al raiar el alba i coger camino en un credo encontreme con tres lazarillos de Borges que habíanse decidido repartir el botín de mi ingenio i fama. Rodéaronme i pidiéronme que les relatase todas mis historias i que me retirase a una cueva sin nunca más fazer mis cantares sobre laberintos o mal pasaríanlo mis huesos i mi cara toda. Griteles que no, pero sin mi cuchillo, poco soi, para qué negarlo, Vuesa Merced, i tomáronme ellos por los cabellos. ¡Oh, Dios que en la cruz expiraste, quien estuviera aquella hora sepultado, que muerto ia lo estaba! Io no merecía tanto palo i rascuñadas en la cara, i me parecía que mil dragones i leones lanzábanse sobre mí de tantos mordiscos que diéronme i cabezazos que propináronme hasta dejarme la testa llena de tolondrones.

Unas buenas mujeres que por allí pasaban liberáronme de esos mozos i con vino laváronme la cara i la garganta. Pero io del miedo i el susto i el pánico, ciego habíame quedado i todo fue sombras nada más. Allí mismo recibí mis primeras limosnas i con lentos paso fice el camino a Salamanca, de donde nunca debíame haberme marchado i donde una soga apretando mi cuello habría sido mejor fin i destino.

Pasaron días hasta que en veces los huesos volvieron a su sitio, pero de la luz de mis ojos nunca hubo nuevas noticias. Así que desde entonces, voi vagando i contando mis desgracias a quien por oírlas un mendrugo de pan quiera ofrendarme. Lleno de odio, camino por las doradas calles de la ciudad que mis pupilas no alcanzan, i cuando escucho voces de hombres grito: “cornudo, cornudo, ia todos lo saben”, i escucho cómo las risas se interrumpen i todos marchan a casa fingiéndose indiferentes pero con el alma encogida i la sospecha pesando en su frente.

I aquí sigo, Vuesa Merced, aquí seguimos, Borges i io, agora aguardando mejores tiempos, que para mí serán quellos donde coma tres veces, porque de la vista ida sólo puedo fazer un elogio, ia que para lo que hai que ver mejor fazer silencio.

I descrea Vuesa Merced de lo que le cuentan, Borges sólo soi io. Los miles de Borges que ahora van apareciendo en Burgos i Alcalá de Henares i Ciudad Rodrigo i Soria, deben ser parte de mis malas pesadillas por el hambre. No gaste usted en ellos ni una longaniza, ni un pan duro.

Sepa Vuesa Merced, que de su compasión i sus limosnas i longanizas i panes, que a mí me dé, Dios premiará el doble. No lo olvide xamás. Sólo io soi Borges, Vuesa Merced, io Borges,  el que le escribe estas páginas. Io que soi mi propio ciego. Io que al fin soi mi propio Lazarillo. Uno dellos, que no sé quien es, escríbele estas páginas.

 

 

(Manuscrito del siglo XVI descubierto y parcialmente reconstruido por Rafael Bolívar Coronado en la Biblioteca de la Facultad de Filología de la Universidad de Salamanca en 1930. Fue publicado por la editorial América de Madrid en 1933 bajo el título: Desventuras i aventuras del Lazarillo de Borges, edición que desapareció por entero durante el asedio franquista a la capital de España y de la que sólo se conserva un microfilm en la Biblioteca Pío Tamayo de Barquisimeto, Venezuela).

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