“El recuerdo, en Méndez Guédez, es vitalidad”: Reseña de La noche y yo por la revista Signos del Sur

Texto escrito por Mercedes Castro, publicado originalmente por Signos del Sur en enero de 2017.

“Esta noche es para reescribir la memoria”. De esta manera comienza el tercer relato del libro La noche y yo. Si hay algo que nuclea a las tres narraciones de Méndez Guédez, es el tema de la noche y la memoria.

A lo largo de los tres textos nos encontramos con personajes que se enfrentan a los fantasmas del pasado que se hacen carne en el presente. Protagonistas solitarios, luchando con el recuerdo, comprenden desde el inicio que la única manera de purgar sus memorias será reviviéndolas.

En Castilla, Azorín declarará que vivir es ver volver. Partiendo de esta base, de la mano de Méndez Guédez, podríamos afirmar que narrar es ver volver. El epígrafe del primer relato nos da una de las claves para una mejor comprensión: “La renovada muerte de la noche en la que ya no nos queda sino la breve luz de la conciencia (…)”. La conciencia, en este caso, el acto de la escritura, es lo que le permitirá al autor revivir el pasado.

En el primer relato, “Un círculo para Ainhoa”, el narrador camina por la adormecida ciudad de Caracas en busca del recuerdo. Su amada está a punto de irse del país y él decide salir a caminar las calles venezolanas, como un flâneur melancólico que no camina en busca de una mujer, sino de su recuerdo.

Así como en La casa encendida, la ciudad se va encendiendo a medida que el narrador rsz_fullsizeoutput_6e83-217x300camina sus calles y recuerda, no solo a Ainhoa, sino también fragmentos enterrados de su infancia y su vida. El recuerdo, en Méndez Guédez, es vitalidad.

El motor del caminante no es detener a la mujer que pronto partirá, sino que lo que lo empuja a caminar son el recuerdo y el génesis de su historia. El relato comienza, precisamente, con un guiño bíblico: “En principio fue el círculo…”. El narrador remitirá constantemente a los círculos y la importancia que estos tenían para Ainhoa. Y no es solo la predilección de la mujer por estas formas, sino que los círculos articulan todo el relato.

El narrador sabe de antemano que se encuentra ante una búsqueda frustrada. Es consciente de que camina en círculos: “Voy caminando hacia Ainhoa y por Ainhoa, siempre con la lucidez de que no voy a encontrarla”. El recuerdo es el único motor de una búsqueda que se sabe anulada desde el inicio. Pero eso no resulta importante: lo que importa es mantener ese recuerdo vivo. Para eso se camina sin rumbo, para exorcizar el recuerdo. “Con las prisas no me traje un mapa, ni mi teléfono, no traje nada y a partir de allí, Caracas se transformó en la impresión con que mi memoria la va dibujando”. Vemos nuevamente la ruptura con la linealidad geográfica y temporal. Lo que menos le importa al narrador es el recorrido espacial que va a realizar, la clave se encuentra en el recuerdo:

“No importa. Las ciudades que amamos son flexibles, son ásperas pero también conocen la tersura y poseen la capacidad de plegarse a nuestro deseo. Irán llegando las calles. A mis ojos. A mis pues. Lo iré logrando (…) Y nadie se equivoque: no estoy recuperando mis paseos con Ainhoa. Ella y yo jamás caminamos por este sitio”

No importa hacia dónde se camina. El caminar es tan solo una excusa para encender y alimentar la memoria. Y así como las direcciones geográficas no interesan, el tiempo físico también resulta indiferente: “Miro el reloj. Apenas parece avanzar. Como si las agujas estuviesen atrapadas por un líquido espeso”.

El narrador se encuentra fuera de cualquier categoría espacio-temporal, atrapado en el baúl de los recuerdos. Y si se encuentra atrapado, es precisamente porque Ainhoa lo capturó en la circularidad de su forma geométrica predilecta. “El mundo para ella era una tela de araña en la que al hilar un hilo se estremecía el universo entero y en la que siempre irrumpía la belleza, la rotundidad de un círculo”. Ainhoa es la encargada de sumergirlo en una órbita de tristeza y angustia: “Deseaba dormir, dormir, regresar a casa, dormir, quedarme en casa, dormir”. El narrador se ve obligado a caminar en círculos, a encender la ciudad en recuerdos, hasta poder purgar la imagen de Ainhoa.

Luego de horas de caminata y de haberse encontrado con diversos personajes de su infancia, comienza a sentir fatiga en sus piernas. Es consciente de que debe detenerse, pero se encuentra anclado en el círculo del recuerdo. “No queda demasiado tiempo… La noche de anoche debe cerrarse hoy. Debe cerrarse bien. Si no concluyo mi trayecto, intuyo con lucidez, Ainhoa seguirá aquí, atrapada”. El recorrido nocturno no representa otra cosa que una purga de su historia pasada con la mujer. Él quiere conjurar la imagen de Ainhoa y la única vía para lograrlo es caminar la noche del recuerdo. El relato finaliza con un símbolo perfecto de circularidad: la luna. El narrador la observa y luego de haber encendido la ciudad con sus recuerdos, sabe que finalmente, podrá dejar a Ainhoa partir en paz: “Ha sido un día largo, repaso mentalmente la ruta que acabo de realizar (…) No es un círculo perfecto, no es ni lejanamente un círculo pero es el círculo que yo puedo realizar, mi torpe evocación, el que yo puedo regalarle a mi amiga”.

Una vez concluido el primer relato, podemos afirmar, de la mano de Luis Rosales, que la palabra es el alma de la memoria. El narrador trasciende lo anecdótico y nos conduce a sus recuerdos, a través del carácter transformador de la palabra. La palabra es la única responsable de purificar el recuerdo, de liberar al narrador del pasado. Podríamos, a estas alturas, contradecir a Alejandra Pizarnik, cuando sostiene que las palabras no hacen el amor, hacen la ausencia. En Méndez Guédez, las palabras son las únicas responsables de revitalizar el recuerdo, de hacerlo carne en el presente.

Como dijimos al comenzar, la memoria y el recuerdo son los elementos que los tres relatos de La noche y yo tienen en común. En palabras de Jung, “El viajar es una imagen de la aspiración del anhelo nunca saciado que en parte alguna encuentra el objeto”. Todos los narradores de este tríptico realizan un viaje. Un viaje hacia la noche atemporal del recuerdo. El primer narrador camina en círculos, sin pretender llegar a ningún lado. El viaje a través de la memoria, es, para todos, una excusa para encender los recuerdos y de esta manera poder conjurarlos.

En los últimos dos relatos, “Xibanya” y “La noche y yo” no existe una caminata en el espacio, como en “Ainhoa”, pero sí podemos hablar de un desplazamiento metafórico hacia el pasado. En el segundo relato, Sabino rememora las historias con las tres mujeres más significativas de su vida: Marta, Marianne y su madre. Luego de haber recordado diversos sucesos anecdóticos —y por qué no—, un tanto lamentables de su pasado, su existencia finalmente se acaba. Sabino sufre una muerte muy poco heroica, sentado en el inodoro, con los pantalones por sus rodillas: “La cabeza de Sabino se estrella contra el suelo y rebota un par de veces (…) Y cae una gota, una gota muy lenta. Sabino no la escucha”

Siguiendo el mismo grado de abstracción, el relato que finaliza el libro, “La noche y yo” narra las peripecias de una joven que va a casarse con un hombre que no ama y que no puede olvidar a su gran amor, Arturo. La narración es un interrumpido monólogo interior, un viaje incesante hacia el pasado. “Arturo es único y esta es la noche en que regresa como el más bello fantasma”. Notamos nuevamente el tema de la noche y el recuerdo. La noche y el insomnio son los momentos propicios para encender la memoria. “ (…) Eso reafirma la importancia de Arturo; su escasez me habita” Al igual que la escasez de Ainhoa habitaba al narrador del primer relato, la ausencia de Arturo reaviva el recuerdo de la protagonista del último monólogo. “La culpa es de la noche, de las noches sin sueño”, la noche y el recuerdo se convierten en las dos caras de una misma moneda. El recuerdo va, en los tres relatos, de la mano del lenguaje, en este caso, la palabra.

El lenguaje es el encargado de revivir el recuerdo. “Lo que deseo es decirme; estoy; estoy; estoy; estoy; para que la noche no me trague, para que la noche no me deje como una cáscara de chicharra olvidada sobre un árbol; estoy, estoy,” La palabra es lo que reafirma la existencia de los tres narradores. Si para Descartes, el pensamiento es sinónimo de asegurar la existencia, con Méndez Guédez podríamos cambiar su celebérrima fórmula y afirmar, “Recuerdo, luego existo”. La memoria, para todos los narradores de estos tres relatos, no es otra cosa que un instrumento para consolidar y confirmar la propia existencia. Volviendo a Luis Rosales y su famoso poema, podríamos vociferar todos juntos: “Gracias, Señor, la casa está encendida”. Encender el recuerdo, traer al presente el pasado, no es otra cosa que conjurar el ayer y proclamar la propia existencia.

Caminar, entonces, es la metáfora que más fuerza toma. Caminar la ciudad, en “Ainhoa”, pero caminar hacia el pasado en los tres relatos no es otra cosa que reavivar la existencia de todos los personajes y encenderlos, renovar su vitalidad.

Revivir el pasado, hacerlo presente para conjurarlo y poder continuar. Cabe destacar, igualmente, que los tres relatos finalizan con un tono agónico. En “Ainhoa”, el narrador parece alcanzar el olvido total de la mujer al recorrer con sus dedos los bordes de la luna, pero el relato se clausura con una duda: “Al menos eso creo, Ainhoa”. Xibanya, finaliza con la muerte de Sabino. Luego de haber recorrido su existencia sentado en el inodoro, luego de haber alcanzado la claridad mental con respecto a determinados acontecimientos pasados, se deja morir: “Y cae una gota, una gota muy lenta. Sabino no la escucha”. “La noche y yo”, el relato final, sostiene el tono agónico de los otros dos relatos. Luego de haber confesado que no ama al hombre con el cual va a casarse, la narradora finaliza su relato con una sentencia desesperada: “Arturo decía que en Caracas al amanecer se podían escuchar los gallos, en Madrid no se escuchan, nunca”.

La duda en el olvido de la amada, la muerte inminente luego del recuerdo y la existencia debilitada por la evocación de un hombre que jamás ha de volver, nos comprueban que si bien la noche es el lugar propicio para el recuerdo, y que el viaje hacia el pasado parece conjurar el dolor presente, el recuerdo no es más que eso, un hechizo momentáneo contra la agonía presente de los tres narradores.

La noche y yo nos deja con un sabor amargo, cada relato nos ha demostrado que sus protagonistas no son capaces de escapar de las garras del pasado. Estos relatos encierran a sus personajes en un círculo eterno, en una constante vuelta al pasado, al recuerdo, de la que jamás logran escapar.

Para concluir, podemos citar las célebres palabras de Borges: “Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos”. Los tres personajes de este libro nos han demostrado con extrema vitalidad que nuestros recuerdos nos constituyen como personas. La memoria es uno de los elementos que más fuerza cobra a lo largo de nuestra historia, y definitivamente, el olvido es una utopía que ninguno de los personajes logrará alcanzar. Ainhoa y su predilección por los círculos jamás abandonarán al primer narrador, la joven del último relato nunca podrá deshacerse del recuerdo de Arturo y Sabino fue atormentado por imágenes del pasado hasta su último aliento de vida.

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