“El escritor es un lector irresponsable”: Juan Carlos Méndez Guédez en entrevista publicada en El Cultural

Entrevista realizada por Andrés Seoane y publicada originalmente en El Cultural el 10 de noviembre de 2016. Foto: Lisbeth Salas

El venezolano Juan Carlos Méndez Guédez (Barquisimeto, 1967) se ha instalado con absoluta comodidad en los espacios de lo literario. El escritor, afincado en España desde hace 20 años, lleva ya tiempo siendo señalado como una de las voces hispanoamericanas importantes de su generación, afirmación que corrobora con cada nueva producción que sale de su pluma. Tras dos enjundiosas novelas, Los maletines (2014) y El baile de Madame Kalalú (2016), el autor se interna en el territorio del cuento con La noche y yo (Páginas de Espuma), un compendio de tres relatos experimentales que versan sobre la memoria, el amor y la importancia de la lectura. “Hay un momento mágico en la vida que es cuando aprendes a leer, pasas de una especie de una inocencia adánica a un momento en el que descubres que esos símbolos transmiten mensajes”. Un hermoso tributo a un género, el del relato, que el autor compagina alternativamente con la novela y que considera “la poesía de los novelistas, un espacio de libertad magnífico para probar cosas distintas”.

Pregunta.- Vuelve al cuento tras su última novela, ¿por qué alternar los géneros, qué le aporta el relato como forma de expresión?
Respuesta.- Para mí narrar es un mismo fenómeno que ejecuto sin mayor planificación, estoy escribiendo a la vez novela y cuento. De hecho, me da la impresión de que trabajo con mayor lentitud los libros de cuentos, porque me parece un género extremadamente complicado. El cuento es la poesía de los novelistas y requiere de una tensión, de una motivación por la perfección estilística que en una novela de 400 páginas sería una tentativa absurda e inútil. La novela tiene baches, tiene que tenerlos debido a su longitud, tanto en el escritor como en el lector. Pero en el cuento el ojo del lector está siempre fijo y exige una perfección de orfebre.

P.- Se habla mucho de la maleabilidad del cuento de hoy, de la capacidad que ofrece para experimentar, ¿qué piensa de esto?
R.- Creo que es cierto, porque hacer un género menos instalado en el mercado produce curiosamente una cierta libertad. Hay menos lectores de cuentos, y son más especializados y exigentes, lo que por un lado se convierte en un reto y por otro se convierte en un espacio de libertad. Hay recursos que utilizo en un cuento que en una novela no me atrevería a utilizar, porque son audiencias diferentes. El cuento es un espacio magnífico para probar cosas distintas y vive actualmente un momento muy interesante.

P.- Por ejemplo hablando de su libro,el tercer relato, que titula el libro, ejemplifica lo que hablábamos, pues presenta una gran modernidad gráfica y narrativa.
R.- Con este cuento quería abordar el insomnio, un problema que me afecta personalmente. La corriente de pensamiento que tienes durante el insomnio es muy particular. Es incesante, febril, angustiosa… activa todos los miedos y recuerdos pero de una forma que solo funciona dentro de la noche, casi nada de lo que piensas durante el insomnio te sirve al llegar el día. Entonces, para reflejar el tema de una mujer insomne que está recordando a sus amantes y sus lecturas, sentía que no se podía contar de una manera normal a nivel de estructura narrativa. Me propuse estructurar un pensamiento que es completamente desestructurado, porque finalmente la literatura es artificio. Si quisiéramos reflejar las cosas tal cual ocurren en la vida serían pobres, poco interesantes. Pero a través de la construcción de cierta verosimilitud conseguimos recrear felizmente aspectos de la vida, en este caso lo que es la larga noche que vive una persona sin dormir.

P.- Estos cuentos casi podrían ser novelas cortas, ¿cómo se enfrenta a esta hibridación?
En principio simplemente quiero narrar una historia. Cuando me siento no me planteo la longitud que va a tener. A medida que evoluciona el tema, trato de escuchar la respiración de esa narración, qué me está pidiendo, y empiezo a intuir si será cuento o novela. El instinto muchas veces falla. Me siento con absoluta inocencia a escribir y el propio relato me indica cómo seguir.

P.- Los tres relatos son independientes pero están conectados por varios elementos, ¿es una continuidad buscada o son los propios temas que se manifiestan de diferentes formas?
R.- Escribí estos relatos con meses de separación y entremezclados con otras cosas. Después vi que estos textos tenían varios puntos en común, por ejemplo, el tema de que los protagonistas son lectores, lo que se dio de forma azarosa, fortuita. Quedaron fuera entonces otros relatos que no tenían este elemento y una vez que ya advertí el conjunto sí trabajé esa conexión conscientemente. De manera que eso que había nacido un poco del azar quedara mejor reflejado y trenzado en los libros. Suele ser el método que utilizo, veo que se han dado unas conexiones casuales y después las pulo y las acentúo.

P.- Apunta como tema clave la lectura, presente tanto en los protagonistas como en la gran cantidad de referencias a escritores, ¿ejerce un homenaje a la lectura como paso previo a la escritura?
R.- Claro, porque un escritor es un lector inconforme, un lector que quizá en un momento dado no consiguió un libro y decide intentarlo él. Es además un lector irresponsable porque, habiendo leído cosas maravillosas, él cree que tiene algo que decir. Un lector lúcido, brillante, probablemente se quede paralizado, pero el escritor es alguien que tiene la temeridad de pensar que puede aportar algo más. No he leído demasiados libros con la figura del lector como protagonista y me interesaba reflejar esa figura porque me he dado cuenta de que es algo muy íntimo. Me sigue pareciendo algo fascinante, me cuesta muchísimo imaginarme la vida sin leer y mis personajes son grandes lectores porque siempre siento que la vida desemboca en los libros y viceversa.

P.- Otro punto en común de todas las historias es el amor como eje, de múltiples formas, ¿por qué el amor como motor narrativo?
R.- En América Latina se nos educa desde muy pequeños en la idea de que el amor es una especie de fuerza vital muy poderosa. Todos los discursos ficcionales, las canciones, las telenovelas, todo gira en torno del amor, y por eso es algo muy natural. Y la vida te demuestra que el amor es algo mucho más complejo de cómo se presenta en los discursos de ficción. Por eso me parece muy interesante reflexionar sobre el lado sombrío del amor, lo que no queremos ver pero que está ahí, todas las posibilidades. Complejizar esos discursos que me acompañaron desde siempre, desde que con 3 o 4 años cantaba rancheras y boleros y veía apasionadas telenovelas.

P.- En todo el libro está latente un recuerdo en forma de denuncia de la situación de Venezuela, ¿es inevitable que se cuele esa visión?
R.- Los venezolanos hemos naturalizado el horror, el miedo, la violencia, de tal manera que yo no me había percatado de esos detalles que se colaron en mis páginas de una manera muy sutil. Pero en cierto sentido supongo que es inevitable. Llevo 20 años en España y soy muy feliz aquí, me siento muy integrado, pero siento que sobre mis hombros cargo siempre el fantasma de un fracaso inmenso llamado Venezuela. Un estado fallido que siempre se va a permear en mi literatura y es inevitable que se filtre a lo que escribo.

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