“República picaresca”: Miguel Gomes sobre Los Maletines de Juan Carlos Méndez Guédez

Texto escrito por Miguel Gomes y publicado originalmente en Letras Libres.

Corrupción y narrativa son socios antiguos en la imaginación occidental. A ellos debemos algunas de las obras más memorables de la prosa y el verso latinos, toda la picaresca española y varios relatos naturalistas, por no mencionar tanto los formulismos como los aciertos de la literatura noir y su amplia parentela. Cuando los temas son americanos el par cuenta igualmente con una larga trayectoria si se tiene en cuenta el viaje final de don Pablos o la consolidación definitiva de la novela hispanoamericana –gracias a Fernández de Lizardi– bajo el signo de lo picaresco en sucesivos pactos con el costumbrismo. No creo que Juan Carlos Méndez Guédez desconozca esos antecedentes; en su caso, sin embargo, dichas remisiones distan de ser acomodaticias y Los maletines, su novela más reciente, opera en el terreno de la subversión de otras tradiciones significativas, entre ellas, la alegoría nacional iberoamericana: aquello que Doris Sommer, en un estudio muy influyente, denominó foundational fictions.

Según Sommer, muchas novelas de Hispanoamérica y Brasil, durante el periodo de consolidación de los Estados modernos, difundieron proyectos de país mediante la plasmación de problemas sociales y sus soluciones en tramas sentimentales: el destino de la pareja o la familia equivalía al de la colectividad. Ese hábito del escritor americano no se agotó en la era poscolonial, sino que podría alegarse –repetidas veces se ha hecho– que buena parte de la narrativa regional, aun la del boom o las estridentes reacciones contra este, mantiene deudas con tales fábulas. Méndez Guédez parece dispuesto, más bien, a someterlas a escrutinio y desmantelarlas.

¿En torno a qué idilios, parejas o familias gira el argumento de Los maletines? Donizetti, divorciado, casado de nuevo, con dos hijos y dos hogares que sostener, asediado por la violencia criminal caraqueña, acaba inmiscuido en un turbio negocio de maletines transportados a distintos puntos de Europa y América por encargo de funcionarios del gobierno chavista, con el objeto de financiar aliados políticos o intelectuales. Manuel, viejo amigo, pronto le servirá de compinche para escapar de las complicaciones (asesinas) de esa red de corrupción, y Manuel también tiene separaciones en su haber, solo que de una relación homosexual de cuya añoranza no logra recuperarse. El núcleo dramático es, por consiguiente, el fortalecimiento de una atípica amistad, lo que desarticula desde el principio todo esbozo de una narración fundadora como las entrevistas por Sommer.

El atentado adicional que Los maletines perpetra resulta menos evidente. Las alegorías nacionales de las novelas decimonónicas en los albores del tercer milenio han salido de la ficción literaria para instalarse en la política latinoamericana. Un vistazo al chavismo aporta pruebas suficientes: lo que ocurre en el aquí y ahora del Estado venezolano –desde el año 2000 oficialmente “República Bolivariana”– alegoriza un origen, una fundación de la gran familia nacional gracias al Padre de la Patria. Un repaso de la “Primera entrega” de Las líneas de Chávez, columna de prensa que firmó desde el 23 de enero de 2009 el entonces presidente, bastará para dar una idea de las estrategias elocutivas a las que aludo: “Digo esto hoy […] cuando recrudece la batalla política que se desató en nuestra patria hace dos siglos: unos, los más de nosotros, queremos la Independencia Nacional; otros, los menos, quieren convertir de nuevo a Venezuela en una colonia […]. Nosotros, los Independentistas, andamos con un juramento; aquel que hizo nuestro líder, Simón Bolívar, en el Monte Sacro […] Ellos, los colonialistas, no tienen juramento […] Les repito[:] ¡Los que quieran patria, vengan conmigo!”

En otras palabras, si las luchas actuales son “independentistas”, el líder que lo proclama es el Padre Bolívar reencarnado. ¿Qué opinión le merece al narrador picaresco de Méndez Guédez semejante sustitución? Hacia el desenlace, mientras reflexiona sobre el traslado piedra por piedra a otro punto de Madrid de la iglesia donde el Bolívar histórico se casó, leemos: “Me pregunté si en ese caso podía hablarse de original y de copia. ¿Cuál era el sitio original de la boda? ¿El lugar donde estuvo la iglesia? ¿Los ladrillos, las imágenes, los vitrales que formaban la iglesia actual? Resoplé. Bolívar cada vez me interesaba menos. En su nombre nos había caído demasiada mierda.” Narrador picaresco, he escrito, pero no por ello ajeno a Baudrillard y su teoría del simulacro. Que del logos nacionalista descendamos en picado a un sentimiento de mundo excrementicio y abyecto insinúa la densidad pensante que se agazapa tras la “divertida” fachada de esta novela.

No es casual tampoco que un gran discurso nacional centrado en el heroísmo suscite una anécdota plagada de pillos. Mientras que la alegoría estatal venezolana es determinada y binaria, mientras que en ella el universo se divide en colonialistas y anticolonialistas, apátridas y patriotas, desde sus primeras aventuras salmantinas el pícaro se ha desplazado por un universo de heroísmos imposibles, de bien y mal intercambiables. Es el personaje “malo” sin serlo demasiado; con frecuencia, se convierte en la víctima, el auténtico inocente, al cual, por ello, nos aproxima la empatía. Llámese Lázaro, Esteban o Donizetti, estamos, en fin, ante una criatura con vocación de margen, proclive a la calculada ambigüedad y la sutileza.

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