Cuento: La ciudad de arena

El hombre se asoma al balcón. Observa el resplandor de la piscina y los
cuerpos brillantes de las personas que dormitan alrededor del jardín. Un
olor espeso arde en el aire. Invisible, el mar avanza entre las palmeras
como una sospecha de yodo y sal. Y el hombre soy yo, Andrea, el hombre
que cruza los dedos y cierra los ojos.

Bajo sus párpados palpita el color de oro viejo, la tonalidad llena de óxidos
que cubría la ciudad abandonada ayer. Abandonada por él y por la mujer
que dormita a su espalda.

Desde esta mañana el hombre comenzó a pintar un cuadro: fondos color
sepia, hojas de otoño, piedras, texturas de cal, espumas. Pero sabe que esa
rugosidad de pared antigua que ha brotado desde el lienzo pide la
rotundidad de una figura, una señal, un trazo que transforme ese fondo en
un espacio rugiente.

Por eso me asomo al balcón, Andrea: elástico, satisfecho después de la
cópula, mientras tú duermes, sudorosa y feliz, mezclada con mi olor y mi
saliva.

Pienso que un descanso, que un ejercicio de indolencia en este pueblo de
playa podrá revelarme la figura que busco y que el cuadro exige. Ese color
terroso que ya he pintado es la evocación de la ciudad que ayer dejamos
atrás: casas de piedra, temblor de paja, de trigo (una ciudad donde
habíamos sido tan felices durante unas horas que sólo escapando de ella
podíamos preservarla intacta). Pero todavía falta por descubrir la forma que
se esconde tras esas brumas.

El hombre asomado al balcón mira la piscina. Un golpe azul, fosforescente.
En una de sus orillas dos mujeres de piel tensa descansan sobre unas
toallas. Sus cuerpos son la repetición de un prodigio: cintura estrecha,
caderas agresivas, muslos fuertes y delicados. No es necesario
contemplarlas en exceso para saber que son hermanas.

Junto a ellas se sienta un joven delgado, de cabello abundante y negro, que
lleva entre sus manos un libro.

Los contemplo a los tres. Si esto no fuese un relato sería imposible
enterarme de ello, pero lo cierto es que la hermana menor piensa con
nerviosismo en la última noche. Sus pasos para buscar un vaso de agua, el
susto al percibir que una puerta se abría desde el pasillo, y la mezcla de
excitación y miedo que sintió cuando su cuñado la abrazó desde atrás y sin
mediar mayores explicaciones la penetró mientras ella intentaba cerrar la
puerta de la nevera.

El joven que está a su derecha no puede dejar de recordar esos mismos
instantes. Ahogado por la sed en la noche calurosa, salió hasta la cocina del
apartotel y descubrió a su cuñada oculta por una toalla, esperándolo.
Indeciso la miró unos instante, pero al ver que ella abría la puerta de la
nevera y el resplandor los envolvía como una señal acogedora saltó sobre
su espalda.

Ahora no sabe qué debe hacer, supone que tiene que olvidar todo, pero a la
tersura de la piel que descubrió anoche, se une la extrañeza de aquel
orgasmo compartido, cuando ambos gemían y frente a sus miradas
comenzaban a calentarse los yogures, la mantequilla, el queso crema y los
restos de la ensalada de tomates.

La mayor de las hermanas finge dormir. Tiembla de rabia. Siempre supo
que su hermana y su esposo se gustaban y quizás inventó este viaje para
verificar esas sospechas. Por eso cuando anoche el joven se levantó
sigiloso, ella lo siguió, conociendo lo que iba a presenciar.

Inmóvil miró las embestidas de su esposo y oyó los gemidos ligeros de su
hermana menor. Golpes rítmicos, acompasados, que se fueron haciendo
más veloces hasta que los sonidos del pubis azotando las nalgas de la
muchacha se entremezclaron con el estremecimiento, con los tintineos de
las botellas, los envases, los yogures que estaban en la nevera donde los
amantes permanecían apoyados.

Los tres siguen pensando en esos instantes de la madrugada.
La hermana menor quiere que llegue la noche para repetir ese encuentro
imaginado durante años de espera. El joven quiere que terminen estas
vacaciones y olvidar su impulso, borrarlo. La mayor de las hermanas
espera que caiga la oscuridad y todos duerman. Entonces, sólo entonces,
sacará de su maletín el cuchillo que compró esta mañana.

Los tres alzan su mirada un momento y distinguen al hombre que reposa en
el balcón. Me miran sin mirarme porque cada uno permanece hundido en su
silencio, y nunca sabrán (ni les interesaría conocer) que estoy buscando una
figura para terminar mi cuadro.

Yo observo las tres siluetas. Las dos mujeres hermosas, bronceadas, que
repiten su belleza junto a la piscina y al joven que intenta leer un libro que
jamás podrá terminar.

Luego regreso a mi cuarto, decepcionado. Nunca volveré a saber de estas
personas, ni veré la noticia en el periódico regional donde esas tres figuras
ya no tendrán la altivez de esos instantes anteriores sino la flácida y
sangrienta quietud de los cadáveres.

Desde este preciso segundo quedarán olvidados, pues nada sé sobre ellos y
hasta me parecerán prescindibles y fantasmales, como esas presencias
anónimas que nos acompañan en las ciudades de verano.

Entonces el hombre caminará hasta el cuadro y tomando el pincel
comenzará a esbozar la figura de un toro, un toro agónico, rabioso y
adolorido, que se revuelca, agitando sus patas, ahogado, golpeando con sus
cuernos el lienzo donde se hunde devorado por la arena y la herida que
incendia su piel.

“¿Qué pintas?”, me dirás al despertarte.

“No lo sé”, te responderé con voz muy suave, ligeramente temblorosa,
como si temiera interrumpir un designio, un cierre, una escena final e
impostergable.

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