«Cuando la literatura negra viaja al Caribe, baila y ríe»: Méndez Guédez para El Portal Voz

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Entrevista realizada por Vivian Murcia para El Portal Voz, publicada en noviembre de 2017.

Juan Carlos Méndez Guédez (Barquisimeto, 1967) le pasa lo que a muchos latinoamericanos que viven fuera durante un largo periodo de tiempo: la realidad social y política de su país le producen rabia y tristeza y los recuerdos de los tiempos pasados los dulcifica. En su caso, esa mezcla entre el miedo de lo que es su país hoy y los recuerdos alegres de su juventud en Caracas se plasman en su escritura. Por eso, ha llegado al thriller con tinte Caribe que ofrece una mirada a la realidad de las calles caraqueñas con un toque de sana ironía.

 

Méndez Guédez vuelve al tono femenino como protagonista. Se siente cómodo con el registro que ofrece la voz de una mujer. Magdalena Yaracuy es el personaje central de su nueva novela La ola detenida (Harpercollins); una detective privada que vive en España a quien se le encarga la misión de encontrar a una joven española que desapareció en Caracas.

 

La violencia está presente, claro, la decadencia social de su país es una de las obsesiones de Méndez Guédez, pero también hay amores que no cuajan, placer sexual dominado por las mujeres, heroínas latinas que son capaces de sentir ternura y de no tener miedo a disparar un arma si la cosa se complica, pero, sobre todo, hay olor a mango y gasolina, calles ruidosas y canciones que agitan el cuerpo, es decir, hay historias vertiginosas que se desarrollan en el Caribe, en donde, sin falta, sale el sol que hace brillar sus novelas.

Hace poco se ha hecho mediático el caso de un española que ha desaparecido en México. Usted plantea que su personaje ha desaparecido en Caracas. ¿Se ha inspirado en un caso real para desarrollar la novela? ¿Cómo surgió la idea de contar, una vez más, el caso de un español (a) que desaparece en una ciudad o país de América Latina?

Mira, en una ocasión, Lorenzo Silva estuvo en la feria de Chacao en Caracas y escribió como reflexión que esa ciudad y ese país eran un terreno fértil para la literatura negra. Era mucho lo que había intuido en ese corto viaje.

 

Creo que eso, en parte, me ayudó a comprender que los tonos de mi narrativa debían sufrir una mutación. Me producía apuro esa realidad terrible que se vivía en las calles, tan contrastante con el clima existencial de mis novelas anteriores donde la violencia social y política eran un escenario de fondo en el que se movían en primer plano personajes atenazados por las contradicciones del amor o la amistad o la memoria.

 

Por eso, esta nueva novela, La ola detenida, tiene un tema clásico: la persona atrapada en un bosque o un castillo que debe ser rescatada. Sólo que en este caso, la persona no es una princesa, ni el que intenta rescatar es un príncipe, y no hay castillo ni bosque sino una peligrosa ciudad.

 

Me interesa resaltar, sobre todo, que el papel de quien debe salvar y rescatar a otro lo ocupa una detective que se ayuda con brujería para sus misiones, y que es una mujer que conoce de armas de fuego y defensa personal, aparte de que tiene lúdicas capacidades para la investigación.

 

En cuanto a tu pregunta pues debo decirte que no. No utilicé ningún caso real, pero era una historia muy verosímil. Las claves de seguridad que maneja un español son inútiles en muchas ciudades del mundo, incluyendo unas cuantas de América Latina. Recuerdo una ocasión en que a la medianoche, estando allí en Caracas, unos amigos me dijeron que saliésemos a buscar tabaco a esas horas. Tardé un rato en hacerles comprender que a esa hora las calles están desiertas y en manos de la delincuencia.

 

También recordé cómo un escritor español me contó la ocasión en la que salió una noche y terminó en el suelo protegiéndose de un tiroteo nocturno.

 

Venezuela es un país donde, ante la debacle que se vive a todos los niveles, la solución gubernamental ha sido ocultar cifras. A través de organismos no gubernamentales es que podemos saber que este año la inflación superará el 4.000 por ciento, o que el año pasado fueron asesinadas 30.000 personas, o que ha habido un incremento del 88 por ciento en los secuestros denunciados, o que hay más de 300 presos políticos.

 

Esto te habla de un clima hostil en el que una persona que viaja de fuera es muy vulnerable a cualquiera de las situaciones de violencia que allí se producen. Asesinatos, robos, secuestros, incluso arrestos de personas con pasaportes de otros países sin ningún tipo de garantías judiciales, y no olvidemos cómo en las protestas de este año en Venezuela vimos cantidad de vídeos en los que se contemplaba a los policías y guardias nacionales robando el dinero y los teléfonos a las personas. Es decir, allí confiar en la ley es una mala idea.

 

Venezuela fue un maravilloso lugar de acogida para personas de todo el mundo. También escribí sobre eso años atrás; lo hice en Arena negra, una novela en la que los españoles huyen de la miseria del franquismo para vivir en un país con mayores posibilidades como era la Venezuela de ese entonces.

 

El caso es que mi país de nacimiento fue un buen lugar. Lo fue, sobre todo, desde el 59 en adelante, cuando se inició la democracia civil que comenzó a  destruirse en el 98, pero ahora mismo, se trata de un sitio peligroso. Es absurdo negarse a esta evidencia, así que me pareció muy razonable que el punto de partida de La ola detenida fuese el momento en que una chica española desaparece en Caracas y su familia desconoce si ha sido asesinada, arrestada, secuestrada o si ha desaparecido por voluntad propia.

Supongo que la realidad venezolana y, en general latinoamericana, le sirve para desarrollar el thriller. Además del escenario, ¿qué valor agregado encuentra un lector en el thriller escrito por latinoamericanos?

La vida en un lugar como Venezuela es una vida signada por el vértigo. Cada venezolano que sale a la calle desconoce si volverá sano y salvo en la noche. Por eso no es complejo imaginar allí historias vertiginosas, de suspense, de aventura cotidiana.

 

Escribir de estos temas y con ese ritmo es una consecuencia natural de esa vida.

 

Como no soy crítico, me cuesta responderte lo que puede aportar un thriller o un policial escrito por latinoamericanos al conjunto de esta literatura. Te puedo decir que, en mi caso, creo que la literatura negra cuando viaja al Caribe, baila y ríe, aunque en ocasiones sea de tristeza.

 

Quizá por eso, pese a la dureza de ciertas situaciones, al clima de suspense y de enigma que conforma La ola detenida, el libro está recorrido por ciertos toques de humor. Básicamente los que nacen de la mirada risueña de Magdalena Yaracuy, la protagonista de esta historia. Una mujer que no deja de ser una buena hija cervantina, en tanto mira siempre la realidad con un toque de sana ironía.

 

Usted vive fuera de Venezuela hace más de veinte años, pero sus novelas tienen como escenario su país. ¿Tiene una intención particular al hablar de Venezuela?¿Quiere expiar una deuda que tiene con su tierra o quiere hacer catarsis de lo que vive como venezolano hoy?

Supongo que sí, que hay algo de catarsis. Es el lugar de la infancia y la juventud, el lugar de gente querida, el lugar donde conocí la felicidad y la tristeza y me bebí unos estupendos jugos de parchita.

 

En efecto, buena parte de mis libros tienen a Venezuela como escenario y también a España. Son mis referencias indispensables. Por eso, suelen seducirme historias en las que ocurre alguna conexión entre ambos lugares. En este caso, Magdalena Yaracuy es venezolana pero vive en España desde hace años, y desde allí debe moverse para una peligrosa misión en Caracas, que según diversos estudios es la ciudad más peligrosa del mundo.

 

¿Por qué vuelvo una y otra vez en mis historias a Venezuela? Pues recordaría lo que en una ocasión contó Ignacio Martínez de Pisón. Comentaba él que sus historias suelen suceder en años similares de la historia española, esos años cuando este escritor era joven. Según este autor, aquello que nos rodea en esos años deja una huella perenne. Comparto esa opinión, sin duda.

 

Yo viví en Venezuela hasta los veintiocho años. Pienso que tiene relación con eso. Cada vez que la imaginación se dispara, de modo natural surge ese sol caribeño que parece sacarle brillo a las hojas de los árboles; y esos olores de mango y gasolina; y esas calles ruidosas, y esas canciones movidas que agitan el cuerpo.

Vuelve a retratar a su país como vuelve a la voz femenina, esta vez, con una mujer que tiene un atisbo de justiciera. Leyendo la novela, encuentro que esta mujer materializa cierto ideal de mujer latinoamericana: liberal, enamoradiza pero independiente, capaz de moverse entre mafias y seguir viviendo con cierta moralidad… ¿Le parece que, realmente, las mujeres latinoamericanas desean que sus heroínas sean así?

El asunto está en interpretar lo real con la comodidad que dan las etiquetas grupales. Yo no he querido escribir cómo son las mujeres; pienso que hay tantas formas de ser mujer como mujeres existen en el mundo (y del mismo modo sucede con los hombres, obvio). Y el caso es que dentro de esa diversidad existen mujeres como Magdalena Yaracuy. Brillantes, enamoradizas, liberales, independientes. Las conozco. Las contemplo con infinita admiración y respeto; y son el tipo de personas que terminan rodeadas de historias apasionantes, entrañables.

 

No sé cómo pueda ser el ideal de las mujeres latinoamericanas, dando por supuesto que tienen un ideal semejante, pero desde luego, unas cuantas de ellas tienen elementos en común con Magdalena Yaracuy. Son agudas, luchadoras, audaces, curiosas. Fíjate en algo, a mí desde pequeño me rodeó un mundo familiar de mujeres, y ellas hablaban frente a mí con total desparpajo y naturalidad. El caso es que nunca olvido que una de ellas comentó un día que su jefe en la oficina le hizo un chiste sexual y ella tomó una grapadora y se la lanzó por la cabeza. Quedé siempre admirado del valor de esa mujer que, en los años setenta en aquella sociedad venezolana, prefirió perder un trabajo que aceptar la grosería de un hombre que abusaba de su jerarquía.

 

Vengo de un mundo donde las mujeres tenían que ser así de guerreras, porque en la Venezuela que crecí era muy escasa la presencia en casa de los hombres y, sobre todo, del padre.

 

Por otro lado, también hay una explicación literaria. Una de mis novelas preferidas: Ifigenia, de Teresa de la Parra, está protagonizada por un personaje encantador: María Eugenia Alonso; una muchacha lista, de una ironía finísima y divertida. Su voz siempre me acompaña, y pienso que mis personajes femeninos son lo que podría ser una María Eugenia Alonso del siglo XXI.

 

El caso es que la literatura que me interesa es aquella que no repite un discurso aprendido, aceptado. Ese tipo humano que es Magdalena Yaracuy me atrae porque se niega a aceptar el rol pasivo que se le presuponía a las mujeres de su generación. Del mismo modo, en mi escritura también me interesa el personaje masculino que se niega a encarnar al ser aguerrido, devorador y feroz que se le presupone a los hombres. Me interesan las complejidades, las mezclas, las fisuras, las contradicciones.

 

Cuando yo era jovencito y se dañaba mi coche, mi prima que es médico, era quien se bajaba con las herramientas para ver que estaba funcionando mal. Yo me colocaba a su lado a mirar, porque no entendía de coches y porque cada vez que metía la mano para intentar alguna maniobra mecánica, me pillaba los dedos o me hacía heridas en la piel.

 

Esos son realidades cada vez más tangibles.  La literatura hace bien en estar atenta a ellas. Yo recuerdo reflexiones muy interesantes que a ese respecto ha escrito la narradora Lola López Mondéjar donde complejiza lo que es el discurso de las mujeres sobre la maternidad, por ejemplo, o analiza lo que es la figura del hombre que no desea encarnar la figura de fuerza que se le presupone.

 

También debo comentarte una película de los hermanos Coen que me gusta mucho: Fargo. Allí hay una mujer policía embarazada que es la que echa sobre sus hombros todo el peso de la investigación, y cuando aparece su esposo, lo ves como un hombre apacible que está pendiente de prepararle un desayuno sustancioso para que ella no se marche sin comer. Eso me gusta mucho. Esa mirada más fresca sobre la realidad es narrativamente muy seductora.

En el uso de esa voz femenina, me llama la atención que usted ponga como protagonistas a mujeres que tienen relaciones disfuncionales con los hombres: son hombres casados, amores que no pasan de una noche, relaciones que no cuajan. ¿Por qué tiene un gusto particular por meterse en la voz (y en la mente) de una mujer y, sobre todo, de una a la que las relaciones no le resultan sencillas?

Mario Vargas Llosa dijo en una ocasión que la felicidad es literariamente improductiva.

 

Un personaje feliz y realizado alcanza, como mucho, para un minirrelato.

 

Además, hay una relación tan particular con la felicidad. Recuerdo en una ocasión al estupendo poeta Igor Barreto diciendo que lo que nos hacía felices no debía ser expuesto, por lo que quizá no debía llegar a la escritura.

 

Por otro lado, cuando las mujeres me cuentan sus vidas, casi siempre lo hacen desde ese lugar que describes en tu pregunta. Las mujeres felices se guardan su alegría y la viven plenamente. Pero las otras hablan, cuentan, le dan vueltas a su amargura o a sus dudas.

 

Magdalena Yaracuy es una mujer independiente cuya infelicidad proviene de que, en ocasiones, siente que el amor se le convierte en una pesada carga. Es enamoradiza, apasionada, pero después del chispazo, comienza a percibir el ahogo (al menos es lo que sucede en La ola detenida) de relaciones donde las concesiones terminan siendo mayores que las ganancias.

 

Georges Simenon le vino muy bien la estabilidad familiar de su personaje Maigret. Dio en el clavo con lo que necesitaba narrativamente hablando. A mí me resulta entrañable y productivo el modo en que Magdalena Yaracuy se enamora y se desenamora, se apasiona y se decepciona. Ella intuye que la eternidad es el instante; un modo poético de vivir.

 

¿Tiene una fascinación particular por el mundo femenino? ¿Por qué y cuál cree que es la razón por la que se siente cómodo con una voz femenina?

Así es. Crecí entre veintidós mujeres. Mi madre, mis tías, mis primas. Los primeros relatos escuchados en la vida nacían de sus voces. Cuando tenía fiebre o me hería jugando béisbol o saltando una cerca eran ellas quienes estaban allí, o quienes celebraban conmigo la euforia que me estuviese produciendo un libro o un paseo.

 

Supongo que de allí viene esa comodidad a la que te refieres.

Su novela tiene como fondo la problemática social que atraviesa Venezuela hoy. La inseguridad, la escasez, la pobreza y, sobre todo, la violencia están presentes. Sin embargo, usted vivió en Venezuela cuando el país atravesaba años mejores, de hecho recuerda ese tiempo como sus mejores años. ¿En qué momento sintió que su país dejó de ser lo que fue y se convirtió en un escenario de thriller?

El 27 de febrero de 1989. Ese día se inició una revuelta por el aumento del precio del combustible. En mi barrio fue especialmente violenta, y allí las calles fueron tomadas por las turbas saqueadoras y luego por el ejército. Hubo, en ese momento, una especial saña contra los negocios de algunos inmigrantes que llevaban años trabajando de sol a sol; como si, en el fondo, de la protesta latiese el rencor por el trabajo y la riqueza y el esfuerzo de otros.

 

Cuando en el 92 y en el 98 (momentos de la irrupción del chavismo) ambas fuerzas, ejército y turba saqueadora, descubrieron que podían repartirse el poder de la calle, los ciudadanos fuimos confinados en nuestras casas, presos por quienes tienen el poder de las armas y la violencia.

 

Allí ya se impuso la ley del más fuerte. De allí estos terribles diecinueve años que hemos vivido. El que dispara más y mejor es el que manda. Olvídate de democracia, leyes, constitución. El asunto se limita al que tiene más balas.

 

La santería es un tema que está presente en la novela y hay una idea de sincretismo religioso por el que se mueve la protagonista. Es una detective privada que echa mano de ritos para encontrar a la española que se perdió en Caracas. ¿Cuál es el simbolismo que tiene la religión en esta novela?

Magdalena Yaracuy, la protagonista de La ola detenida, no es santera. Ella profesa el espiritismo marialioncero, que es otra religión sincrética distinta a la santería.

 

En esta religión, específicamente venezolana, se mezclan aspectos católicos, con elementos indígenas y africanos, pero todo atravesado por lo que yo llamo una visión pop de la realidad. Lo indígena remite a Caciques indígenas del territorio que luego sería Venezuela, pero en los rituales se les representa con una indumentaria más propia de las películas gringas del oeste. Del mismo modo, hay espíritus marialionceros vikingos, que según leí, llegaron al culto a través de un popular tebeo en el que había personajes de ese pueblo.

 

Pero lo que deseo resaltar de esta religiosidad es que su deidad máxima es una mujer: María Lionza. No soy experto en religiones, pero quizá no es muy común que una mujer encabece un panteón religioso.

 

Me parece muy lógico que en un país donde la figura del padre, del hombre, es una ausencia en el ritmo familiar, haya surgido una religiosidad que tiene como figura máxima a una mujer. María Lionza, en su representación más divulgada, la escultura de Alejandro Colinas, es una mujer muy sensual, poderosa, con músculos marcados, que eleva sus brazos al cielo con un hueso de pelvis femenina entre sus manos, mientras permanece montada sobre un tapir macho que con las patas aplasta unas serpientes. Hay allí algo de cazadora, algo de guerrera, y es comprensible que sea una imagen central para el venezolano.

 

El caso es que Magdalena Yaracuy, la  protagonista de mi novela, nació y vivió muchos años en Barquisimeto, una ciudad cercana a la montaña de Sorte, el centro espiritual donde se supone que vive la diosa. Es lógico que ella se haya incorporado a esta religión y que la experimente con plenitud. Creo que lo dice en alguna parte de la novela: María Lionza es la diosa cercana con la que ella puede dialogar; Magdalena respeta otros dioses, pero siente que le quedan muy lejos.

 

Creo, entonces, que el simbolismo de esos aspectos en esta novela es que dotan al personaje de singularidad y lo vinculan a la tierra, al misterio, a lo mágico.

 

El título ‘La ola detenida’ también tiene un significado simbólico. ¿Cuál es la metáfora a la que quiere hacer referencia?

El escritor Ricardo Azuaje me contó una vez que el supuesto nombre indígena del cerro Ávila: Guaraira Repano, significaba la ola detenida, pues la leyenda decía que una inmensa ola se lanzó para devorar Caracas y que un dios la detuvo y la dejó convertida en montaña.

 

No pude comprobar la veracidad de esa leyenda, pero me pareció una imagen hermosa que me estaba regalando un escritor al que admiro como es Ricardo, y en efecto, dentro de la novela la montaña funciona como una imagen importante. El Ávila señala el norte de Caracas y es su máxima fuente de belleza pero también es una amenaza. Magdalena Yaracuy, que tiene una visión mágica del mundo, percibe esa dualidad.

 

La protagonista de la novela dice: «Cuando tienes un talento en un oficio sostienes esa capacidad sobre un punto oscuro; el punto sobre el que nunca indagas, el punto de sombra que impulsa todo lo que haces y que no descifras». ¿Cuál es ese punto que le impulsa a hacer lo que hace, es decir, a escribir?

Es una pregunta maravillosa y muy difícil. Viví la infancia junto a mi madre, y a muchos kilómetros del resto de mi familia. Los extrañaba mucho y era una fiesta reencontrarme con ellos cada vez que era posible. Para mí eran fundamentales esas semanas en las que ese universo familiar (fundamentalmente conformado por mujeres como ya dije) me arropaba y me hacía feliz.

 

Tal vez viví esos años, frente al mundo, con esa ansiedad por la soledad y el abandono.

 

Creo que fue Lyotard quien dijo que la esencia de toda interlocución era decirle al otro: «no me dejes solo».

 

Quizá ese podría ser el punto de sombra que me impulsa. Decirle a la gente: «no me dejes solo, no me dejes solo».

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