Las más recientes novelas de Juan Carlos Méndez Guédez y Sergio Ramírez

Publicado originalmente en el blog Ociosos en fuga.

Por Magdalena López (U. de Lisboa)

Hace ya bastantes años, Leonardo Padura comentaba cómo la novela policial le había servido para contar no sólo lo que se suprimía en el discurso oficial, sino también en cualquier otra instancia pública de conocimiento o información dentro de Cuba. En un país en el que el gobierno “dicta” la realidad y no hay libertad de prensa ni de expresión abiertas, los escritores, decía Padura, se sentían conminados a hacer un poco el trabajo de periodistas. Suponía que si las circunstancias hubiesen sido diferentes, quizá se hubiese dedicado a escribir de otra manera.

sergioamire2En mayor o menor grado el contexto cubano al que se refería Padura, se ha venido repitiendo en Nicaragua y Venezuela y, tal parece, que las novelas policiales de Sergio Ramírez y Juan Carlos Méndez Guédez publicadas en el 2017, emergieron motivadas para dar cuenta de aquello que se silencia en sus países. En Ya nadie llora por mí y La ola detenida asistimos a la búsqueda de un par de jóvenes desaparecidas en las entrañas de la Managua de Ortega y Murillo y, de la Caracas de Maduro.

El detective nica, Dolores Morales, descubre que la muchacha que debe encontrar ha huido de su casa intentando ponerle fin a las violaciones que sufría por parte de su padrastro desde que era niña, sin que su madre la protegiese de los abusos de aquel hombre poderoso y rico. Por otro lado, Magdalena Yaracuy, la detective venezolana, se entera de que la joven española que busca está en la mira de diversos grupos armados legales e ilegales por haber atestiguado el crimen de un ministro y poseer información acerca de una de las organizaciones paramilitares afines al régimen. Al seguir los rastros de ambas, estas narraciones nos van revelando que los submundos delincuenciales, sórdidos y de violencia urbana típicos del género policial, no son apéndices del poder supremo del estado-gobierno-partido o elementos que se hayan infiltrado en aquél, sino su materia constitutiva. De allí que vislumbremos que el máximo líder de un país sea un violador pedófilo o bien, un narcotraficante. Particularmente escabrosas y con fuerte resonancia en la realidad de estos últimos años dada la cantidad de asesinatos y persecuciones de manifestantes, estudiantes, periodistas, intelectuales y activistas sociales en Venezuela y Nicaragua, resultan los retratos de los “grupos de choque”, “colectivos” paramilitares o simplemente bandas criminales en las que ambos estados han delegado el poder de la violencia para acallar cualquier manifestación pública de descontento u oposición política, “controlar” territorios enteros y emprender múltiples negocios ilícitos.

oladetenida

De cierta manera el paramilitarismo estatal resulta la mayor expresión no sólo de dos países en ruinas sino también de dos proyectos que alguna vez tuvieron pretensiones emancipatorias: el sandinista y el chavista. Y es, tal vez, la sospecha de ese origen utópico en el rostro de la desolación presente, lo que determina la eficacia con la que ambas narraciones nos asoman al horror. Porque no hay peor horror que aquel en el que uno mismo se reconoce: Dolores Morales había sido guerrillero sandinista, mientras que Magdalena Yaracuy llegó a votar varias veces por el Comandante Eterno. Estas circunstancias rompen con la mayoría de las divisiones dentro/fuera, izquierda/derecha, ellos victimarios/nosotros víctimas de muchas de las narraciones en torno al tema de las dictaduras latinoamericanas.

A partir de la asunción de un horror propio frente el cual resulta irrelevante la distinción ideológica, me gustaría sostener la existencia de un tipo de narrativa que nada a contracorriente de la mayoría de las novelas contemporáneas de la región. En la coincidencia de una misma necesidad de elaborar un “periodismo ficcional”, ambas novelas estarían apuntando a una corriente sigilosa, casi inadvertida que habla de países y de seres humanos censurados, por los que nadie llora hoy, tal como lo expresa el título de la novela nicaragüense. En este sentido, estaríamos ante obras cuya filiación con otras anteriores se cifra mucho más en ficciones como las de Menjívar Ochoa, Mattos Cintrón Arturo Arango, Rey Rosa, Castellanos Moya y Padura, que en los relatos de Piglia, Peri Rossi, Eltit y Osorio, por ejemplo.

Si, como propongo, se trata de una manera otra de lidiar con el horror, me gustaría cifrar esta “línea de sombra” precisamente en Venezuela como un territorio que marca el quiebre hacia un espacio ficcional que se extiende por buena parte del Caribe y Centroamérica. Tal “línea de sombra” anunciaría el descenso narrativo hacia el “corazón de las tinieblas” ya no apenas de la derecha sino, sobre todo, de una izquierda que no se sitúa al otro lado de la orilla política ya que habita en cuerpos familiares y propios; cuerpos con lo que hemos/se han cimentado lo regímenes más autoritarios de la región en la actualidad y sobre los que pocos continúan dispuestos a hablar públicamente.

 

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