VALS EN PORTUGAL ~ Revista Sibila

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Publicado en la Revista Sibila, Número 55, Sevilla, Abril, 2018.

Dios no existe. Quedó comprobado en un pueblo del norte de Portugal un día de 1999.

Dios nunca muere; lo sabemos por esa canción que mamá escuchaba en su pequeña radio.

En Portugal Dios no existe. Dios no existe y nunca muere.

Amoreira. Así creo se llama el pueblo de Portugal donde comprobé que Dios no existe.

En Portugal estuve años atrás; estuve de paseo, estuve de paso con mi hermano y mi tío Francisco: quizás en 1987, quizás en 1988.

Amoreira es un pueblo con una calle y tres caballos blancos que pasan el día moviendo su cola para espantar las moscas.

Cuando estuve de paseo nunca subí a Amoreira. Nos quedamos en el sur. En el Algarve. Fueron pocos días, fueron muchos viajes. Sin mi padre. Con mi hermano; con mi tío Francisco.

Mi padre murió cuando yo tenía cinco años. ¿Se cayó de ese andamio, tuvo un mareo, se lanzó, se subió ebrio?

 

Mi padre jamás estuvo en Portugal. Mi padre jamás se movió de su vida, de su ciudad, de su casa, del andamio desde donde cayó una tarde.

En Amoreira conocí a un hombre que me recordó a mi padre.

Dios no existe. Mi padre sí. Pero se cayó del andamio donde jamás se habría subido mi tío Francisco ni tampoco mi hermano.

Las moscas de Amoreira existen para jugar con las colas de los caballos y para aplaudir la música de órgano que toca el sacerdote de la pequeña iglesia de Amoreira.

Mi tío Francisco decía que en Amoreira no hay moscas, que él nunca las vio.

No recuerdo a mi padre. Recuerdo a mamá cuando hablaba de él y se restregaba los ojos.

Recuerdo a mamá escuchando un vals mexicano.

Sobre la nevera de mi mamá Dios nunca muere.

Mi tío Francisco detestaba la música que escuchaba mi madre.

Las moscas de Amoreira aplauden la música de órgano del sacerdote del pueblo pero no creo que conozcan el vals que mi madre escuchaba sobre la nevera.

Cuando era pequeño yo decía en el colegio que papá volaba y nunca se caía de los andamios. Mi hermano mayor me miraba con recelo, mi hermano mayor me daba un manotazo para callarme.

A mi hermano no le gusta la música.

Podría mentir, decir con certeza que recuerdo cuál es la versión del vals que escuchaba mamá, decir, por ejemplo, que Pedro Infante cantaba sobre la nevera todas las tardes.

Muere el sol en los montes y a papá le quedó el consuelo de que Dios nunca muere.

Cuando escucho a Javier Solís cantando Dios nunca muere pienso: esa era la voz, esa era la voz que acompañaba a mamá en su radiecito sobre la nevera.

Cuando escucho a Pedro Infante cantando Dios nunca muere pienso: esa era la voz, esa era la voz que acompañaba a mamá en su radiecito sobre la nevera.

Las moscas de Amoreira bailan en el aire un vals que jamás han escuchado.

Tío Francisco nunca se cayó de un andamio. Hizo dinero con negocios de construcción y jamás tuvo una esposa que escuchase canciones en una radio sobre la nevera.

Mamá recibía un sobre del tío Francisco cada fin de año. Tenía manos hermosas mi madre.

En el 99 viajé a Portugal. Yo solo. Nunca quise bajar al sur. Jamás pensé en ese otro viaje que hice con mi hermano y mi tío.

¿Acaso no saben las moscas de Amoreira que Dios nunca muere?

Las moscas de Amoreira existen pero desconocen que Macedonio Alcalá compuso un vals en el siglo XIX llamado Dios Nunca muere, música que escribió impregnado de gratitud pues en medio de su pobreza le dieron doce monedas de plata para que compusiese un vals.

A veces pienso en mi papá volando del andamio y doce monedas caen de su pantalón y cantan plateadas sobre el asfalto.

La luz de Amoreira es plateada. Amoreira oculta con su luz plateada la insistencia de las moscas.

Voz hermosa la de mi madre. Ni mi hermano ni yo heredamos esa voz. Me gusta que ahora cuando no está, cante en la cocina y acompañe a Javier Solís cada vez que Dios nunca muere.

Papá tenía una bella voz. Nadie me lo dijo. No puedo recordarlo, pero lo recuerdo.

En Amoreira conocí a un hombre de rostro colorado que iba cantando por la calle con la bella voz de mi padre. Fue imposible para mí comprender lo que cantaba. Yo iba borracho. Lo aplaudí. Me invitó unos vinos en una taberna oscura donde volvió a cantar con voz plateada.

Jamás supe el nombre de aquel señor de Amoreira. Hablaba un español pedregoso pero con palabras venezolanas. La Guaira, me dijo sonriendo, La Guaira y Adelina dijo sonriendo con tristeza.

Tampoco supe quién es Adelina.

Seguro Adelina tarareaba Dios nunca muere para acompañar a Pedro Infante que cantaba desde un radiecito colocado sobre una nevera en La Guaira.

Mi Tío Francisco nos invitó a pasear por Europa en 1988 ó 1989.  El viaje comenzó en el sur de Portugal y no recuerdo las moscas ni las canciones de ese viaje.

Mamá baila conmigo un vals en la cocina.

Mi hermano y yo dormíamos juntos. Satisfechos porque al fin teníamos zapatos nuevos. Escuchábamos roncar a mi tío Francisco en la habitación de al lado. Siempre roncaba. Yo reía. Mi hermano me miraba perplejo. Jamás lo vi reírse.

Cuando viajamos a Europa éramos niños pero mi hermano ya se afeitaba. Lo veía afeitarse frente al espejo. Me daba envidia encontrarlo con esa máscara de espuma sobre la cara.

Cuando ahora me afeito siempre canto un par de minutos. Canto desafinado. Mi hermano no cantaba al afeitarse.

Nunca le conté al hombre de Amoreira que había estado en Portugal diez años antes. Sólo hablamos de La Guaira, y él cantaba, y las moscas huían al escuchar su voz plateada y poderosa.

Si yo tuviese una voz como la de mi padre o la de mi mamá, cada vez que cantase desaparecerían las moscas.

Mil y una moscas acompañaron a mi padre cuando voló desde el andamio.

Las moscas no son ángeles que desafían la gravedad; las moscas no salvan a un hombre que cae.

Desde Portugal iríamos a Inglaterra, luego a Francia, luego a Alemania, y después media vuelta a casa, dijo mi tío señalando un mapa con su dedo oscuro como morcilla.

El vals de las moscas es el vals que nunca escuchas y que ni siquiera el hombre de Amoreira es capaz de cantar.

El hombre de Amoreira me llevó a pasear por el pueblo. Cerca de la iglesia celebraban alguna pequeña fiesta. El cura tocaba una música espantosa desde un órgano eléctrico. “La prueba de que Dios no existe es que al sacerdote no le cae un rayo en las manos ahora mismo”.

En el fondo se trata de gratitud. Mi madre entre los ajos y las cebollas de la comida inventándose la gratitud. Cantando.

El cura de Amoreira tocaba con desgano, con rutina, como si tocase para que las moscas le brindasen su aplauso.  Ignoro si la música que tocaba era hermosa, él la convertía en masa llena de grumos. Grumos y moscas.

A ver, a ver, pensé. Y esperé mucho rato, pero el rayo de la belleza jamás golpeó las manos del cura.

Mamá no pudo conocer la versión de Lila Downs: acrobática, áspera, con una letra que es casi un Unamuno reclamando a Dios su lejanía y que también incluye preciosas palabras en ¿mixteco? ¿zapoteco?

El cura de Amoreira siguió toda la tarde aporreando el órgano eléctrico. Música y moscas bajo un cielo sin rayos. Un cielo vacío, sordo.

Al tercer día en Portugal desperté en la madrugada. Mi hermano no estaba a mi lado.

Al tercer día no se escuchaban los ronquidos de mi tío.

Al tercer día sólo escuché susurros, jadeos, y una cama que sonaba.

Vals es un baile donde mueves los pies y espantas las moscas.

Muere el sol en los montes y en las ventanas ruedan doce destellos de plata.

El dios de los rayos era Zeus y a lo mejor murió, le dije al hombre de Amoreira.

De los ojos de mi tío salían moscas que eructaban felices al bailar un vals con torpeza.

Si bailas un vals el silencio no es tanto silencio. Si bailas no hay silencio que zumbe como un grupo de moscas.

Jamás una mosca tendrá la voz del señor de Amoreira con el que estuve paseando la tarde entera. Una voz brillante que logró vencer aquel órgano eléctrico y su zumbido.

En el andamio, papá baila un vals.

Cuando hice ese segundo viaje a Portugal mi hermano jamás se enteró. Hablamos muy poco. Él dice que no recuerda a mamá cantando en la cocina.

En Amoreira Dios no existe. En el radiecito de mi mamá Dios nunca muere y baila un vals.

Desde el lugar donde Dios no existe llegó siempre para mamá un sobre que enviaba el tío Francisco. Billetes; moscas; noches, y un andamio sin mi hermano.

No lo sabemos. Pero Dios vuela como una mosca que juega con caballos blancos.

Muere el sol en los montes, con la mosca que agoniza, pues la vida en su prisa, nos conduce a huir.

Jamás permití que mi tío Francisco pagase mi universidad como sí lo hizo siempre con mi hermano. Mamá no entendió mi actitud.

Al volver del viaje mamá me preguntó si el tío Francisco roncaba mucho. Le dije que nunca lo escuché.

 

Dios nunca muere.

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